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«Cuentos salvajes para nerds» reúne los mejores doce cuentos del Primer Concurso de Relatos de Ficción Sobre Ciencia, organizado por Colciencias y Grupo Planeta, en el cual participaron colombianos de diferentes regiones del país, quienes buscaban contar, desde la ficción, cómo la condición humana está presente incluso en ámbitos que consideramos tan calculados, fríos y precisos como la ciencia y la tecnología.

Para comprarlo vaya a:

https://www.planetadelibros.com.co/libro-cuentos-salvajes-para-nerds/298254

Para leer más de la noticia del periódico vaya a https://blogs.elespectador.com/actualidad/lineas-de-arena/cuentos-salvajes-nerds

Cuentos salvajes para nerds

«Sin fecha de vencimiento» es un libro de cuentos que busca salvar un ancianato de la ciudad de Bogotá. 12 jóvenes escritores decidieron unir su talento para crear un libro de cuentos y crónicas para salvar un hogar de ancianos.

Sandra Mateus, coach, periodista y escritora, coordina y representa al colectivo de escritores que formaron parte del libro ‘Sin fecha de vencimiento’, que recopila cuentos y crónicas, y cuyo recaudo en ventas se destinará totalmente a la Fundación Hogar Fe y Luz, que está a punto de cerrar dejando en la calle a 22 abuelitos y 50 más externos que se favorecen de sus servicios.


https://vaki.co/vaki/hogardeabuelitos se pueden realizar donaciones o adquirir el libro.

Noticia de Blue Radio. Julio 2019.

Sin fecha de vencimiento: iniciativa de escritores para salvar un hogar de ancianos

Instrucciones para la compra

La novela «Maten al youtuber» está disponible en formato digital en Amazon.com por un costo de tres dólares. Estas son las instrucciones para adquirirlo

Extractos de "Maten al youtuber"...

En enero de 2018, el Instituto Distrital de las Artes de Bogotá(Colombia) abrió una convocatoria para apoyar nuevos autores, más de 400 interesados se inscribieron y fueron elegidos menos de 30 para participar en un taller gratuito de seis meses bajo la dirección del profesor Óscar Godoy. En dicho espacio nació la idea para esta novela.

CAPÍTULO 1.

El meteorito

Le enterró el pene como quien tiene una navaja, pero ella estaba bostezando. Sutilmente, pero bostezando y era un bostezo delicado, exquisito, como ella. No un acto ordinario, ni circense, no involucraba los vulgares 43 músculos de una carcajada, ni los 17 de una sonrisa, apenas 10, como mucho. No era un manifiesto, ni una declaración, ni siquiera un insulto: era una ausencia.

Óscar ignoró verlo y redobló sus esfuerzos amatorios mientras agachaba la cabeza. Después de todo se veía, y a su miembro, como guerreros en ejercicio vinculados a un deber sagrado. Como si fueran los últimos habitantes de un planeta en ruinas a minutos de ser golpeados por un cometa, que allí, estoicos y sonrientes, miraban el cielo retando al astro con una silenciosa mirada, de esas que gritan: “ven para acá, hijueputa”. Nada los podía detener o eso pensaba. Pero quién sabe qué expresión puso o que sonido dejó escapar pues Paola puso las manos en su rostro y le dijo “…tenemos que hablar” a tan bajo volumen que Óscar quedó perplejo, ensordecido en sus dudas, mientras sentía como alzaban su cabeza con ternura.

Y fue en ese instante cuando Óscar vio materializarse el meteorito por la ventana. La gigantesca roca en llamas se podía distinguir sobrevolando el centro de la ciudad mientras el calor deformaba el aire a su alrededor y segundos después arremetía contra uno de los edificios más emblemáticos del centro. Óscar supo entonces que era cuestión de segundos antes que fueran destruidos por el impacto y decidió ignorar las palabras despedidas por los labios de Paola que para aquel entonces solo eran sonidos ininteligibles.

Con decisión volvió a agachar la cabeza entre los senos de su amada mientras le enterraba las uñas en la cintura. Ella se quejó un instante, pero solo fue eso, un instante, porque casi de inmediato empezó a sentirse una silenciosa ola explosiva precedida de una luz blanca. La brisa rompió las ventanas y las carnes de sus cuerpos empezaron a salir despedidas como si fueran capas de cebollas. El aire se inundó con el olor de la carne quemada mientras sus cuencas oculares se llenaron de lágrimas que se evaporaron casi al momento de ser expulsadas. Había astillas, pedazos de pared y vidrios volando por todas partes que se quedaron congelados y estáticos, por un segundo, mientras el único sonido que se escuchaba era la voz de Paola diciendo “conocí a alguien… De verdad lo siento…”.

Esta vez la explosión recobró su voz y movimiento, y gritó como un animal herido desatando una estampida de olores, sonidos y afilados fragmentos que pedían tributos de carne. Óscar alcanzó a ver pedazos de sus huesos expuestos, entre sus músculos lacerados, mientras estiraba las manos hacia ella. Sus labios quemados se entreabrieron, bañados en sangre, buscando expulsar algunas palabras. “¿Por…? ¿Con quién? ¿Cuándo?”.

—¿Para qué quieres saberlo? —respondió—…Se llama Ruido, bueno, es el nombre artístico —agregó con inesperada timidez.

Óscar sintió cómo el dolor le obligaba a cerrar sus párpados mientras escuchaba un nuevo sonido, agudo y prolongado, que enmudecía el cosmos y oscurecía la habitación. Al cabo de largos segundos y cuando pudo recobrar su visión, una extraña calma regresó el mobiliario a su estado pre cataclísmico, como si nada hubiera pasado, y fue allí cuando se dio cuenta que estaba intentando hacer el amor mientras la radio vomitaba una canción de Maluma.

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Exilio y dragones pixelados

Bonsai estiró sus patas con curiosidad tratando de alcanzar los pedazos de una radio recientemente destruida. Era una criatura bella, un gato abisinio que por cuestiones del azar genético y la tiroides se quedó enano. De allí su nombre: Bonsai, porque era como un pequeño puma a escala. Pero lo que Bonsai perdió en tamaño lo ganó en astucia, en especial para descubrir recónditos rincones de la casa, migas de galletas de fiestas olvidadas y por supuesto, para llevarse pedazos de aparatos rotos. ¡Sabrá Dios qué iba a hacer con la radio!

Otra especialidad de Bonsai era conseguir mimos dejándose caer de repente en el suelo, en forma sonora y dolorosa, un arma que funcionaba con todos en la casa al punto de ser el motivo más frecuente de las tardanzas en el trabajo. Hoy, sin embargo, esta arma de seducción no funcionaba pues Óscar reposaba en la cama, en estado casi catatónico, mirando al techo con detenimiento como cazando nuevas goteras o manchas.

Estaba solo. Paola había decido irse temprano tras la caída del meteorito, un accidente que, aunque ella aseguró no ver, sí percibió de forma instintiva con ese sentido que comparten algunos predadores y ejecutivos de cuenta. Y es que Paola era una alfa, o eso al menos aseguraba antes de entrar a cada reunión con clientes y fue gracias a esa agresividad primigenia que logró fundar una pequeña y exclusiva agencia de publicidad: Münchhausen Pub.

Era una agencia que aseguraba obtener mejores resultados entre más grande fueran las historias(mentiras) tras de ellas, una política que la hizo merecedora de varios premios que para Óscar descansaron tanto en su imaginación como fundador y director creativo como en la capacidad magnética de Paola para embrujar las audiencias. Era una maquinaria perfecta gracias a una química desarrollada a lo largo de seis años de matrimonio y mucho trabajo en equipo.

Algunos aseguran que en publicidad tienes que saber vender humo para triunfar, pero con Paola era diferente: ella vendía fuego, y cada vez que un cliente cuestionaba algo en una reunión, ella lo bañaba en palabras ígneas que consumían sus huesos al instante. Verla en acción era una experiencia mística, casi como sentir el aleteo de un dragón pixelado con una sonrisa devastadora y… la verdad Paola no sonreía, ella se relamía pensando en el sabor de tus vísceras y de forma suicida la amaban por eso.

Tal vez preocupado por el bienestar de su humano, Bonsai trepó sus 2.3 kilogramos sobre el torso desnudo del taciturno compañero para luego cepillarse con su lengua. Este ritual sanitario sacó a Óscar de su trance para luego acariciar al pequeño gato y estirar su mano hasta la mesa de noche, donde descansaba su celular, y donde vio tres llamadas perdidas de la misma persona: Felipe Espinosa.

Felipe era su mejor amigo desde la universidad y el tercer socio fundador de la agencia. Se trataba de uno de esos seres que les queda bien la frivolidad y cualquier favor o intento de bondad proveniente de su parte despertaba las más tenebrosa de las sospechas. Aunque secreto, para casi todos, algunos conocían su lema vital: “uno no debe darle nunca la mano a la gente porque se hacen la paja con ella”. Pero a pesar de sus apariencias y la mayoría de sus principios era un buen tipo, al menos con Óscar.

Con torpeza sostuvo el teléfono anticipando los posibles derroteros de la charla, pensando que decir. Es más, ¿sabía acaso cómo se sentía? ¿Sabía qué iba a decir? Dudando miró a su gato que le respondió con una mirada casi sin pupilas. Tomó aire, coraje, y tocó la pantalla que disparó el sonido de marcación durante cinco segundos interrumpidos por un…

—¿Cómo anda chino?

—¿Ya le dijeron? , ¿cierto?

—Sí, Pao ya me dijo. Incluso me habló de una tal Ruido y de planes para mudarse con ella hoy mismo.

—¿Ella? …¿Es una ella?, ¿una vieja? ¿Encima de todo? …Olvídelo. Dígale que no lo haga. Que yo me voy de la casa, pero que primero hablemos.

—¿Le digo que viene para acá?

—En una hora, en una hora estaré allí.

—Listo, pero recuerde que ahora vienen los de la petrolera y toca mostrarles la nueva campaña ecológica. Oiga…

—¿Sí?

—Usted si es mucha hueva.

—¡Lo sé!…

—Al menos fue con una vieja. —agregó Felipe tratando de consolarlo a su manera.

—¿Al menos?

—Sí. Suponga que hubiera sido con otro tipo. Si fuera así usted estaría jodiendo diciendo “¿Por qué me dejó? …de pronto no soy tan alto o tan rico o tan inteligente». Se volvería mierda comparándose con un huevón. Con una vieja en cambio… —explicó en tono triunfal.

—Pues…

—¿Cómo putas se va a comparar con una vieja?

—¿No puedo?

—¡Exacto!, no puede compararse… Además usted es feo.

Tras unos segundos Óscar murmuró un tímido “creo que gracias” y sin dejar de mirar el techo colocó el celular sobre la mesa para luego ojear a Bonsai que recorría su cuerpo con desconfianza.

— Ya llamé, fiera, ¿contento? —Bonsai parpadeó como respuesta y saltó de la cama dejando a entender que no estaba para dramas a esas horas de la mañana.

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Acerca del autor

J Colilla

Periodista, diseñador narrativo de videojuegos y libretista colombiano, de 49 años, se ha desempeñado como redactor de los principales periódicos de su país (El Tiempo y El Espectador), además de columnista de varias revistas (Esquire, Empresario). También ha sido libretista de estudio para canales como ESPN y RCN.

Destacado como uno de los ganadores del primer Concurso de relatos de Ciencia ficción sobre ciencias de Colciencias y Editorial Planeta de 2019, éste autor nos presenta en “Maten al Youtuber” su primera novela.